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Cuida el órgano más visible del cuerpo: la piel

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La piel esta formada por dos capas principales: una capa exterior impermeable y delgada llamada epidermis, y una capa interior elástica y fibrosa llamada dermis.

La dermis contiene miles de glándulas sudoríparas, glándulas sebáceas, tejido muscular, fibras nerviosas, vasos sanguíneos, células adiposas y pelos, cada uno incrustado en un folículo. Contiene también un pigmento conocido como melanina, que la protege contra los efectos perjudiciales de los rayos ultravioletas. La cantidad de melanina en la piel viene determinada por el grupo étnico de la persona y por la exposición al sol.

 
 

Cada 10 años la piel pierde un 10% de sus melanocitos activos (las células encargadas de protegerla de los rayos del sol y activar su bronceado). Esto conlleva que la producción de melanina deja de ser homogénea, se acumula en zonas y desaparece en otras, lo que da la aparición de manchas oscuras o blancas.

La piel es el órgano de nuestro organismo que más evidencia lo signos del envejecimiento, especialmente a nivel facial, cuello y manos.

Por un lado, el estrato germinativo de la piel, que la renueva continuamente, pierde vitalidad, se hace más fino y más pausado con la edad, los tejidos profundos también se van atrofiando y van perdiendo volúmenes, y los cambios hormonales y metabólicos que operan en nuestro organismo con los años son elementos claves en este proceso; y por otro, está continuamente expuesta a la influencia de las radiaciones solares, que producen un daño acumulativo en la piel. Aunque el sol es uno de los agentes más nocivos que puede afectar la tersura del rostro, las bajas temperaturas y la humedad propias del invierno también provocan graves daños al cutis, sobre todo si éste no es protegido en forma adecuada.

El envejecimiento de la piel tiene lugar en el tejido conectivo de la dermis, formado en un 70% por colágeno (proteína principal de la dermis), el colágeno pierde su capacidad de absorber humedad.

Los signos del envejecimiento son irreversibles, puesto que son parte íntima de la propia vida, pero sí podemos atenuar los síntomas.

La piel va cambiando con el paso de los años. Como consecuencia de los cambios que se van produciendo en las capas más profundas de la piel, su superficie se va modificando y va cambiando su aspecto y sus necesidades. Por ello, para poder dar el tratamiento cosmético más adecuado a nuestra piel es imprescindible tener en cuenta dos factores: el tipo de piel y el estado de la piel, íntimamente relacionado con la edad.

Cada edad tiene unas necesidades. Una piel muy joven y una piel madura requieren unos cuidados y unos cosméticos completamente diferentes, porque las características fisiológicas de ambas son diferentes. Os contamos más sobre las necesidades según qué edad en próximos posts...

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